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La importancia  de la conexión cerebro-intestino
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20 de julio de 2026

La importancia de la conexión cerebro-intestino

Lo que sentimos también puede influir en nuestra digestión. Por eso, un enfoque integral puede ayudar a aliviar las molestias y mejorar el bienestar.

Durante el siglo XX, la medicina se especializó en compartimentar los diferentes sistemas del cuerpo para comprenderlos mejor. Sin embargo, hoy en día somos cada vez más conscientes de que estos sistemas están interconectados y no pueden entenderse completamente de forma aislada. La conexión cerebro-intestino es un ejemplo muy importante de este fenómeno. Anatomía de la conexión cerebro-intestino ¿Cuál es la conexión exacta entre el cerebro y el intestino? El cerebro envía señales al tracto digestivo o gastrointestinal (GI) a través del sistema nervioso simpático ("lucha o huida") y el sistema nervioso parasimpático ("descanso y digestión"). El equilibrio de las señales de estos dos sistemas puede afectar la velocidad a la que los alimentos se mueven a través del sistema digestivo, la absorción de nutrientes, la secreción de jugos digestivos y el nivel de inflamación en el sistema digestivo. El sistema digestivo también posee su propio sistema nervioso, el sistema nervioso entérico, compuesto por aproximadamente 100 millones de células nerviosas ubicadas en el tracto gastrointestinal y sus alrededores. El sistema nervioso entérico recibe impulsos de los sistemas nerviosos simpático y parasimpático, pero también puede funcionar de forma independiente. El sistema nervioso entérico también está íntimamente interconectado con millones de células inmunitarias. Estas células monitorizan el sistema digestivo y transmiten información al cerebro, como si el estómago está hinchado, si hay una infección en el tracto gastrointestinal o si el flujo sanguíneo es insuficiente. De este modo, el cerebro y el sistema gastrointestinal se comunican entre sí en ambas direcciones. Efectos del estrés y las emociones negativas en el intestino Debido a esta fuerte conexión entre el cerebro y el intestino, el estrés y diversas emociones negativas como la ansiedad, la tristeza, la depresión, el miedo y la ira pueden afectar el sistema gastrointestinal. Estos factores pueden acelerar o ralentizar los movimientos del tracto gastrointestinal y su contenido; aumentar la sensibilidad del sistema digestivo a la hinchazón y otras señales de dolor; facilitar el paso de bacterias a través de la mucosa intestinal y activar el sistema inmunitario; incrementar la inflamación intestinal; y alterar la microbiota intestinal (los tipos de bacterias que residen en el intestino). Por ello, el estrés y las emociones intensas pueden contribuir a la aparición o el empeoramiento de diversas afecciones gastrointestinales, como la enfermedad inflamatoria intestinal (enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa), el síndrome del intestino irritable (SII), la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE) y las alergias e intolerancias alimentarias. Los cambios negativos en el sistema gastrointestinal pueden, a su vez, repercutir en el cerebro, creando un círculo vicioso. Por ejemplo, nuevas investigaciones demuestran que el aumento de la inflamación intestinal y las alteraciones en la microbiota intestinal pueden tener efectos profundos en todo el organismo y contribuir a la fatiga, las enfermedades cardiovasculares y la depresión.

Enfoques mente-cuerpo para las dolencias gastrointestinales Dada esta fuerte conexión mente-cuerpo/cerebro-intestino, no debería sorprender que herramientas mente-cuerpo como la meditación, la atención plena, los ejercicios de respiración, el yoga y la hipnoterapia dirigida al intestino hayan demostrado ser eficaces para mejorar los síntomas gastrointestinales, el estado de ánimo y la ansiedad. Estas prácticas reducen la respuesta del cuerpo al estrés al atenuar el sistema nervioso simpático, potenciar la respuesta parasimpática y disminuir la inflamación. Otros enfoques integradores También hemos aprendido que ciertos alimentos pueden desencadenar reacciones específicas en el intestino de personas sensibles. En estos casos, dietas específicas, como la baja en FODMAP para el síndrome del intestino irritable (SII) o evitar los alimentos ácidos para la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), pueden ser útiles para controlar los síntomas. La dieta también influye profundamente en la microbiota intestinal. Por ejemplo, una dieta más basada en plantas, con pocos carbohidratos refinados y poca o ninguna carne roja, suele resultar en una microbiota más saludable. Estos cambios en la dieta, a su vez, reducen la inflamación intestinal y pueden ayudar a disminuir síntomas sistémicos como la fatiga o la depresión, así como el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Si bien la situación de cada persona es única, una combinación de enfoques integradores puede ser útil para reducir los síntomas gastrointestinales y restablecer tanto un intestino sano como una mente sana. • Comer una dieta equilibrada: Esforzarse por llevar una dieta equilibrada y nutritiva es lo más importante que una persona puede hacer para mantener su intestino sano. Procure llevar una dieta rica en cereales integrales, carnes magras, pescado, frutas y verduras. Tú conoces tu cuerpo mejor que nadie. Piensa en qué alimentos te dan más energía. • Prebióticos: También es importante alimentar a las bacterias beneficiosas, virus y hongos que viven en el intestino con lo que les gusta para crecer. Estos alimentos se llaman prebióticos. Los alimentos prebióticos son ricos en fibra y funcionan mejor crudos. Prueba con espárragos, plátanos (sobre todo si no están muy maduros), ajo, cebolla o jícama. Si no te gusta el sabor crudo de estos alimentos, puedes cocinarlos ligeramente al vapor para aprovechar al máximo sus beneficios prebióticos. Los tomates, las manzanas, las bayas y los mangos también son buenas opciones prebióticas. • Probióticos: También puedes comer bacterias. Los probióticos son bacterias vivas presentes en los alimentos. Consumir probióticos puede ser complicado. Los tipos y las cantidades de bacterias en los probióticos varían, y al calentar los alimentos, estas suelen morir. Algunos ejemplos de alimentos probióticos son el yogur (la etiqueta debe indicar cultivos vivos o activos), el Kéfir entre otros. Fuente: Harvard Health / Johns Hopkins Medicine Revisado Por: Michelle Dossett, MD, PhD, MPH. Imagen: Magnific / Stock Descargo de Responsabilidad: Aviso importante: Este contenido tiene fines exclusivamente informativos y educativos. No constituye asesoramiento médico, diagnóstico, prescripción ni tratamiento, y no reemplaza la consulta con un profesional de la salud debidamente habilitado. No inicie, suspenda ni modifique tratamientos o medicamentos basándose únicamente en esta información. Ante una urgencia médica, comuníquese inmediatamente con el servicio correspondiente.

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